viernes, 21 de agosto de 2009

Rocas


Me remonto tan lejos como puedo recordar, y siempre ha habido una roca con la que he mantenido una relación especial, ha habido lugares que me han atraído por la energía, por la fuerza que emanaba de ellos, y que yo captaba, o creía captar, lugares donde podía sentarme todo el tiempo que quisiera, y extraer de ellos sentido, equilibrio, razón, destino. Esos lugares con rocas están geográficamente muy distantes entre sí, pero todos ellos participaban de una peculiar fuerza, esos lugares me llamaban por mi nombre, y yo acudía a ellos, tenían...


Hasta los diez años, un lugar al pie de un monte coronado por un farallón de rocas, un manantial al pie del farallón, las inmensas conducciones del abastecimiento de aguas de... Una infancia que recuerdo feliz, en unos cuantos sentidos, y trágica, en otros tantos... Un columpio, salidas cada domingo...


De los diez a los veinte años, una gran roca de granito en el fondo de un valle umbrío, hoy pista de entrenamiento de moto-cross, una roca con gran árbol saliendo de sus entrañas, una roca que cimentó la Edad de Oro de mi vida, el recuerdo de una roca que muchaz veces me es portador de fuerza para seguir, un recuerdo fuera del tiempo que me parace al alcance de la mano, pero de la misma manera que cuando un hombre se baña en dos instantes diferentes en el tiempo en un río, éste no es el mismo en cada instante, como tampoco lo es el hombre. Todo fluye, nada es... y todo fluyó cuesta abajo.


De los veinte a los treinta transcurrieron los Años Oscuros. Barbudo, sucio, desaliñado, sin rumbo, descansaba sobre una roca en la solana de un monte cercano a ... Buscaba un sentido, buscaba una salida, buscaba un fin... buscando el fin me pasé diez años, un instante en la indiferente vida de esa roca. No encontré el bálsamo que necesitaba, no encontré la salida, pero tampoco supe encontrar el fin.


A los treinta, ella me encontró, y al encontrarme, me encontré yo mismo. Tardé treinta años en ser yo, en tener un centro al que dirigirme. Ella me mostró los caminos que cruzaban esas montañas altísimas del Pirineo, caminos plagados de rocas alegres que cantaban a coro mi nombre. Ella me enseñó tantas cosas... de su mano rompí mi desesperación, y conocí el amor, y conocí aquel refugio a caballo entre dos países, y al pie del refugio aquella roca a la que nunca más he de volver, pues allí recordé que sabía ser feliz, y empecé a practicar la nueva ciencia, la de la felicidad. Fui feliz durante seis años, seis años de aventuras, de despedidas, de reencuentros, de pasar horas hablando por teléfono, días de añoranza y noches de pasión, cada vez era la primera vez, cada vez la última. Y trabajé en un montón de lugares durante esos seis años, dejándome la piel en el trabajo, y el alma por ella, y el alma en ella. Y subí a montañas cada vez más altas,c on rocas cada vez más frías, más duras, pero que me proporcionaban mayores recompensas. Subí, y bajé...


A los treinta y seis me hice sedentario, y al perder el sentido de la aventura, la perdí a ella. Aprendí una ecuación: yo pierdo, tú ganas. La ecuación se simplificó: yo pierdo. Pero encontré en lo más recóndito de un hayedo del Montseny mi roca, la roca que nunca me abandonó, y a la que nunca abandonaré. Una roca cubierta de misteriosa vida verde, una roca que se vestía con los cambiantes tonos de las estaciones, una roca de voz dulce, acariciadora, una roca que tenía una voz idéntica a la de ella... una roca que me suministró los materiales de construcción de mi cárcel interior.


Me despedí de aquella roca pensando en que, de vez en cuando, podría recurrir a su fuerza en caso de necesidad, podría dejar de pensar, de sentir, de no saber distinguir si las cosas que oía eran reales o imaginarias. La crisis económica mundial me trajo físicamente a Guadalajara, pero lo que realmente me empujó a venir fue la nostalgia que sentía respecto a poder llegar a ser feliz. Me costó horrores sin nombre el llegar a pensar que tenía derecho a la búsqueda de mi propia felicidad.


Y busqué en el manual del minero de felicidad, y en el capítulo primero encontré la recomendación de estar en compañía de otras personas, y me sentí muy satisfecho y muy halagado cuando se dijo de mí que era muy buen conversador al hablar en tono tan coloquial y tan cercano a cada uno de los oyentes sobre la angustia, el dolor, la pérdida. Y confié en otras personas, especialmente en una, y me desesperé cuando fui tácitamente rechazado por ella, y escribí líneas de desesperanza infinita... tan familiar, tan cercana. Ella, la desesperanza, es la única mujer que nunca me abandonará, pensé, y al lunes siguiente reí como un bobo cuando me di cuenta de que la desesperanza me impidió ver que esa morenita, tan morenita como rubia fue la otra ella, tan urbanita como montaraz fue la otra, me estaba invitando a jugar... Jugar, a estas alturas...


En el capítulo segundo del manual del minero de felicidad, en blanco, seguro que dice que busque una roca, mi nueva roca. Y mañana montaré en Dama Blanca, para empezar a buscarla. Una personita de allende los mares tiene ganas de jugar... no tengo ni idea si de esto saldrá algo, pero sería de una pésima educación rechazar una invitación.


Pero, ¿cómo se jugaba...?

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